El Hotel Palace permanece impasible

06.03.2017 20:07
Los hoteles, los restaurantes, los espacios de arte, o sea, los sitios, tienen personalidad propia y dicen mucho de lo que sucede en ellos. No es lo mismo situar la crónica en un flagship de moda que en el hotel Palace. Bueno, el caso del Palace es diferente. El Palace siempre está ahí. Pasan las legislaturas, prescriben los gobiernos, cambian los señores diputados y el hotel permanece como una ballena varada a la orilla de la Historia.
 
Siempre que voy al Palace me hago la ilusión de ver los espectros de Josep Pla o Camba flotando sobre las alfombras. En su lugar se me aparece algún diputado de medio pelo (tampoco los diputados son los que eran), un periodista que entrevista a un escritor de culto, y un cantante internacional camuflado dentro de un gorrito. El otro día estuve a punto de conocer a Justin Bieber, que es muy famoso pero yo no le ponía cara. Afuera había criaturitas esperándole y mamás de criaturitas armándose de paciencia. Yo seguía sin ponerle cara. Luego caí y se la puse de golpe: a consecuencia de la caída recordé el título de una novela que estoy leyendo y que se me había olvidado El despertar de la señorita Prim.
 
 
Puesta a refrescar la memoria, en el baño me di de bruces con Esperanza Aguirre. Desde que es ex, Esperanza ya no va tan despepitada por la vida y hasta se detiene en los espejos para recolocarse la bufanda. Antes se maquillaba en el coche oficial, aprovechando los semáforos en rojo. Le gustaba darse kôhl en los ojos. A veces se le iba la mano y las mejillas se le llenaban como de carbonilla. La ex presidenta confesó estar felicísima, y el superlativo me mosqueó: le había preguntado qué tal andaba, pero no pretendía que me lo contara.
 
Por fin apareció Javier Sádaba. Su figura es la contraseña. Todos los años coincidimos en el Premio Loewe de poesía y todos los años intercambiamos las mismas frases. Él me saca a relucir una crónica que le molestó y yo le respondo encogiendo los hombros. Suele pasar: los periodistas olvidamos lo que escribimos; nuestros aludidos, en cambio, siempre recuerdan los agravios (de las lisonjas ni idea).
 
Javier Sábada es un gran tímido, más o menos como Marichalar. Precisamente uno y otro llegaron a la vez al convite y actuaron de forma idéntica: sin atreverse a entrar. Menos mal que enseguida fueron rescatados por sus amigos y todo se arregló. Dentro aguardaban los de siempre. Gente de la literatura y la moda, poetas, escritores, periodistas, artistas en el amplio sentido de la palabra (por ejemplo, Luis Eduardo Aute, que al final del almuerzo interpretaría la canción Atenas en llamas una letra de Atenas, poemario de Juan Vicente Piqueras, que en esta edición se ha alzado con el premio) y políticos. Mejor dicho, político. En singular.
 
Era el caso de José María Lassalle, Secretario de Estado de Cultura. El cargo no sólo imprime carácter sino estética. Lassalle (gafitas de Azaña, o de John Lennon, o de Trostki, barba recortada, aire inconfudiblemente intelectual), me recordó a Fernando Rodriguez Lafuente, que ocupó la misma Secretaría de Estado con Aznar y también cultivaba un look interesante. Hablando de F. R. L.: él estaba entre los asistentes al acto, pero su aspecto ha evolucionado y ahora lleva camino de parecerse a Kiko Matamoros.
 
Se cumplían 25 años del Premio Loewe y todo el mundo hizo piña. Como no están los tiempos para perderlos, Enrique Loewe aprovechó la convocatoria para ceder el testigo a su hija Shaila e inaugurar una nueva era. Ella presidirá a partir de ahora la Fundación y mimará el premio que ha heredado de su padre. Como a él (aunque no tanto), la poesía le corre por las venas.
 
El Corinato nos ha dado descanso esta semana. En realidad ha sido una semana algo deslavazada. Ni rastro de Corinna en los premios Laureus celebrados en Rio, tampoco del rey de la chatarra en la noche madrileña, con lo que promete este muchacho. La última vez que se le vio en compañía de la nietísima fue precisamente en un sarao muy ancien régime al que ambos llegaron burlando a los fotógrafos.
 
La poesía es más moderna, dónde va a parar. Gracias a Enrique Loewe, el premio que lleva su nombre siempre ha tenido un curioso poder de convocatoria. Intelectuales, académicos, poetas y periodistas se mezclan con el artisteo en general y la moda en particular. El otro día contabilicé negritas por un tubo. En formación estaban todos los miembros del jurado (Victor García de la Concha -Instituto Cervantes-, Caballero Bonald, Francisco Brines, Luis Antonio de Villena, Alvaro García, etc.), y los que juraban por libre (Felix Grande, Luis García Montero & Almudena Grandes, Sanchez Dragó, Pedro Mansilla, Lourdes Ventura), artistas de otras disciplinas (Elio Bernhayer, Gustavo Torner, Victor Manuel y Ana Belén, Angela Molina, Ángel Schlesser, Ágatha Ruiz de la Prada), gente de la cultura en general y amigos de las letras (Carmen Alborch, Montse Cuesta, María José Toledo, Marta Robles) y gente de la casa (Marisa y Alejandra de Borbón, Valeria Loewe y la jefa de Comunicación Elena Sánchez). Tienen razon quienes dicen que 25 años no es nada: es una eternidad.