Familias en quiebra, familias en lucha

20.12.2016 20:30

La Universidad del País Vasco (UPV/EHU) despertó ayer con pasquines en favor de la huelga general y la ausencia de buena parte de sus alumnos. Pero el efecto de la crisis, en carne y hueso, colgaba a decenas de metros del suelo. Fernando Fernández Vázquez, obrero de 37 años, lleva desde el martes por la tarde subido a una grúa del campus de Leioa. Pone en riesgo su vida porque, asegura, en boca de su hermano Roberto, la suya se precipitará al abismo el 22 de noviembre. Ese día, su banco sacará a subasta la vivienda en la que vive con su mujer, que está de baja, y sus dos hijos, de uno y cuatro años. Eso si no consigue llamar la atención lo suficiente como para que la entidad financiera, el Barclays, a la que debe alrededor de 7.000 euros, «entre en razón». Desde el banco declinaron ofrecer comentarios.

 

El hombre permanecía ayer bajo el sol abrasador junto a una pancarta que denunciaba: Familias en quiebra, familias en lucha. «Se ha subido ahí porque quiere que el banco le dé una solución. Él está dispuesto a pagar, pero quiere que el banco le articule un plan de pago...», explica su hermano.

Los últimos años de Fernando esbozan un buen resumen de las tragedias personales que ha provocado la crisis. El hombre, nacido en Portugalete, ha estado durante dos años en paro, por lo que había perdido el derecho a la compensación por desempleo y salía adelante con los 426 euros que concede el Gobierno central para los parados que hayan agotado sus prestaciones y carezcan de ingresos suficientes. Ha ido retrasando el pago de la hipoteca de su piso en Repélaga, en la parte alta de la localidad, hasta acumular una deuda de unos 7.000 euros.

Hace tres meses, siempre según el relato de su hermano, consiguió un empleo. Los dos trabajan ahora «en unas obras del Colegio Askartza». (No en las de la UPV: «Se vino a ésta porque allí no hay grúas y aquí sí», argumenta Roberto). «No es que sea un trabajo de un mes. Llevamos tres meses y con perspectiva. Y ahora que tiene ingresos, el banco no le deja pagar lo que debe», se lamentaba ayer, a los pies de la jaula metálica. Su hermano cree que, en el fondo, el banco no quiere esos 7.000 euros, sino «quedarse con el piso y venderlo, porque está en una zona buena y tiene un valor, igual unos 40 millones [de pesetas]».

 

¿Cuánto durará la protesta? «Lleva toda la noche -decía Roberto-. Estará ahí hasta que lo solucione: una semana, dos días, un mes...». Su mujer, prosigue, «está nerviosa». «La intentas tranquilizar, pero no sé qué decirle ya. Está en una grúa, tiene agua. Aunque hasta que no lo solucione, no quiere comer. Le he traído un bocadillo pero no lo quiere. Más no puedo hacer. Lo que me pida, yo intentaré subir».

 

La DYA informó ayer por la tarde de que Fernando al fin había accedido a que una psicóloga le atendiera. Después de que su hermano lograra subirle un móvil, Fernando habló con la especialista de la Unidad de Apoyo Psicológico de DYA, después de haberse negado a hacerlo durante la noche del martes.

La psicóloga, que también charló con los familiares y les aconsejó «pautas de comportamiento para no agravar la situación», mantuvo con él una «larga y serena conversación», según la DYA. En las próximas horas se desvelará si la conversación ha tenido fruto.

La Universidad del País Vasco (UPV/EHU) despertó ayer con pasquines en favor de la huelga general y la ausencia de buena parte de sus alumnos. Pero el efecto de la crisis, en carne y hueso, colgaba a decenas de metros del suelo. Fernando Fernández Vázquez, obrero de 37 años, lleva desde el martes por la tarde subido a una grúa del campus de Leioa. Pone en riesgo su vida porque, asegura, en boca de su hermano Roberto, la suya se precipitará al abismo el 22 de noviembre. Ese día, su banco sacará a subasta la vivienda en la que vive con su mujer, que está de baja, y sus dos hijos, de uno y cuatro años. Eso si no consigue llamar la atención lo suficiente como para que la entidad financiera, el Barclays, a la que debe alrededor de 7.000 euros, «entre en razón». Desde el banco declinaron ofrecer comentarios.
 
El hombre permanecía ayer bajo el sol abrasador junto a una pancarta que denunciaba: Familias en quiebra, familias en lucha. «Se ha subido ahí porque quiere que el banco le dé una solución. Él está dispuesto a pagar, pero quiere que el banco le articule un plan de pago...», explica su hermano.
Los últimos años de Fernando esbozan un buen resumen de las tragedias personales que ha provocado la crisis. El hombre, nacido en Portugalete, ha estado durante dos años en paro, por lo que había perdido el derecho a la compensación por desempleo y salía adelante con los 426 euros que concede el Gobierno central para los parados que hayan agotado sus prestaciones y carezcan de ingresos suficientes. Ha ido retrasando el pago de la hipoteca de su piso en Repélaga, en la parte alta de la localidad, hasta acumular una deuda de unos 7.000 euros.
 
Hace tres meses, siempre según el relato de su hermano, consiguió un empleo. Los dos trabajan ahora «en unas obras del Colegio Askartza». (No en las de la UPV: «Se vino a ésta porque allí no hay grúas y aquí sí», argumenta Roberto). «No es que sea un trabajo de un mes. Llevamos tres meses y con perspectiva. Y ahora que tiene ingresos, el banco no le deja pagar lo que debe», se lamentaba ayer, a los pies de la jaula metálica. Su hermano cree que, en el fondo, el banco no quiere esos 7.000 euros, sino «quedarse con el piso y venderlo, porque está en una zona buena y tiene un valor, igual unos 40 millones [de pesetas]».
 
¿Cuánto durará la protesta? «Lleva toda la noche -decía Roberto-. Estará ahí hasta que lo solucione: una semana, dos días, un mes...». Su mujer, prosigue, «está nerviosa». «La intentas tranquilizar, pero no sé qué decirle ya. Está en una grúa, tiene agua. Aunque hasta que no lo solucione, no quiere comer. Le he traído un bocadillo pero no lo quiere. Más no puedo hacer. Lo que me pida, yo intentaré subir».
 
La DYA informó ayer por la tarde de que Fernando al fin había accedido a que una psicóloga le atendiera. Después de que su hermano lograra subirle un móvil, Fernando habló con la especialista de la Unidad de Apoyo Psicológico de DYA, después de haberse negado a hacerlo durante la noche del martes.
La psicóloga, que también charló con los familiares y les aconsejó «pautas de comportamiento para no agravar la situación», mantuvo con él una «larga y serena conversación», según la DYA. En las próximas horas se desvelará si la conversación ha tenido fruto.