Katy Perry borracha

01.05.2017 02:29
Como parte de una operación de limpieza y vaciamiento de sentinas, las putas de Moscú, en la Olimpiada del 80, fueron deportadas, confinadas en reservas. Una de estas reservas ha inspirado a Alexander Galín su obra Estrellas en la madntgada. En ella se albergan cuatro fulanas de distinta contextura espiritual que sirven para canalizar un pensamiento de frustración política y fraude histórico. Esta convicción participa de la ética difusa de la propaganda y de la doble moral; si un sistema no ha logrado erradicar la prostitución es que ha fracasado en su conjunto; es, básicamente, perverso. Y traigo a colación lo de la doble moral porque no parece que sobre la moral y la cultura política de Occidente gravite en exceso el estigma de la prostitución, en sus distintas formas: desde la más encopetada a la más rastrera, desde las busconas a las cortesanas de lujo.
Las putas de esta reserva lo son a conciencia, sin atenuantes. La que parece más soñadora e inocente es la más tirada de Moscú; la más inocente es la más borracha y la más niña es una madre precoz que desconoce al padre de la criatura. La guardiana es una infernal corporeización del mal; en su corazón sólo puede habitar la fidelidad al partido, la norma, por interés o por temor. Y su hijo, un policía enamorado hace peligrar su seguridad y las estructuras: Luego, está un loco romántico, un sabio escapado de un psiquiátrico, un disidente con toda seguridad. Sobre este paisaje sórdido, veteado de esporádicas luces, planea la sombra todopoderosa de un ojo vigilante, la mirada que todo lo ve, todo lo dispone y todo lo puede.
 
El paso de la antorcha olímpica, causa inmediata de estas desventuras, es, a la vez, una metáfora de la felicidad imposible; muy relativizada, pero una metáfora, al fin y al cabo. Se ve enseguida que es agua que se escurre entre las manos, humo, fantasmagoría, nada. La escenografía contribuye, de forma muy directa, a crear este clima de pasiva desesperación, de mundo sin horizontes, de velada corrupción y nepotismo. Y el realismo de la interpretación también. 
Son papeles duros y la compañía los salva como puede, sin alardes y sin grandes estridencias; con una discreta dignidad, que no es poco. La pieza está bien construida y bien dialogada, mérito original, sin duda, pero al que tampoco es ajena la adaptación de Fermín Cabal. Alexander Galín es el autor más famoso, cuentan los folletos, de la actualidad dentro y fuera de la Unión Soviética. Un producto y, a la vez, un corifeo de la perestroika; es decir, de los nuevos tiempos políticos y culturales de un país que encarnó, con controvertido sentido histórico, la esperanza suprema de este siglo: la Revolución de Octubre. Desconozco otras obras de este dramaturgo. Juzgarle sólo por esta no parece lógico, aunque sí pueda decirse que Estrellas en la madrugada, dista del gran teatro de Chejov, Gogol etc... Al final, las notas de la Internacional, sobre la foto fija de un cuarto sórdido y siniestro, no se sabe si son el enunciado culpable de un desastre universal o una invocación de la esperanza, aunque me inclino más por lo primero.Como parte de una operación de limpieza y vaciamiento de sentinas, las putas de Moscú, en la Olimpiada del 80, fueron deportadas, confinadas en reservas. Una de estas reservas ha inspirado a Alexander Galín su obra Estrellas en la madntgada. En ella se albergan cuatro fulanas de distinta contextura espiritual que sirven para canalizar un pensamiento de frustración política y fraude histórico. Esta convicción participa de la ética difusa de la propaganda y de la doble moral; si un sistema no ha logrado erradicar la prostitución es que ha fracasado en su conjunto; es, básicamente, perverso. Y traigo a colación lo de la doble moral porque no parece que sobre la moral y la cultura política de Occidente gravite en exceso el estigma de la prostitución, en sus distintas formas: desde la más encopetada a la más rastrera, desde las busconas a las cortesanas de lujo. 
Las putas de esta reserva lo son a conciencia, sin atenuantes. La que parece más soñadora e inocente es la más tirada de Moscú; la más inocente es la más borracha y la más niña es una madre precoz que desconoce al padre de la criatura. La guardiana es una infernal corporeización del mal; en su corazón sólo puede habitar la fidelidad al partido, la norma, por interés o por temor. Y su hijo, un policía enamorado hace peligrar su seguridad y las estructuras: Luego, está un loco romántico, un sabio escapado de un psiquiátrico, un disidente con toda seguridad. Sobre este paisaje sórdido, veteado de esporádicas luces, planea la sombra todopoderosa de un ojo vigilante, la mirada que todo lo ve, todo lo dispone y todo lo puede. 
El paso de la antorcha olímpica, causa inmediata de estas desventuras, es, a la vez, una metáfora de la felicidad imposible; muy relativizada, pero una metáfora, al fin y al cabo. Se ve enseguida que es agua que se escurre entre las manos, humo, fantasmagoría, nada. La escenografía contribuye, de forma muy directa, a crear este clima de pasiva desesperación, de mundo sin horizontes, de velada corrupción y nepotismo. Y el realismo de la interpretación también. 
Son papeles duros y la compañía los salva como puede, sin alardes y sin grandes estridencias; con una discreta dignidad, que no es poco. La pieza está bien construida y bien dialogada, mérito original, sin duda, pero al que tampoco es ajena la adaptación de Fermín Cabal. Alexander Galín es el autor más famoso, cuentan los folletos, de la actualidad dentro y fuera de la Unión Soviética. Un producto y, a la vez, un corifeo de la perestroika; es decir, de los nuevos tiempos políticos y culturales de un país que encarnó, con controvertido sentido histórico, la esperanza suprema de este siglo: la Revolución de Octubre. Desconozco otras obras de este dramaturgo. Juzgarle sólo por esta no parece lógico, aunque sí pueda decirse que Estrellas en la madrugada, dista del gran teatro de Chejov, Gogol etc... Al final, las notas de la Internacional, sobre la foto fija de un cuarto sórdido y siniestro, no se sabe si son el enunciado culpable de un desastre universal o una invocación de la esperanza, aunque me inclino más por lo primero.